ORÍGENES

En el actual México el proceso de conformación de las diversas manifestaciones del son, incluido el que influiría al mariachi contemporáneo, tiene al menos tres siglos de desarrollo, y se remonta a la Nueva España.​ Existen diversas manifestaciones regionales del son con su propio discurso musical, dotación instrumental, forma de cantar, bailar y literatura asociada a ellos. En dicho proceso -como en todos los de la Nueva España- se verían imbricadas influencias occidentales importadas de Europa, de los pueblos africanos y los indígenas.​ En la segunda mitad del siglo XVIII el término ya aparece citado como tal, y su diversificación y expansión regional hacia mediados del siglo XIX es posible gracias al proceso de secularización nacional que permitió el desarrollo de la música fuera del ámbito religioso.​

Pese a una frase muy difundida en lo popular que reza «de Cocula es el mariachi» por la canción escrita por Manuel Esperón, y de atribuir a Cocula como fuente unívoca del mariachi original:

La hipótesis viable es que el mariachi sea resultado de la fusión de innovaciones locales con elementos culturales provenientes de diferentes patrimonios: se trata de una síntesis original -genuinamente mestiza- de rasgos de origen propio y ajeno, moldeada en la región occidental de la Nueva España.

El mariachi se desarrolló desde el siglo XVI en una macrorregión que abarca los estados mexicanos de «Nayarit, Jalisco, Colima, Michoacán, una porción de Zacatecas, Aguascalientes y parte de Guanajuato, Sinaloa y Guerrero», con una gran variedad de estilos y variantes – se remonta a 1852,​ cuando el sacerdote Cosme de Santa Anna, párroco de Rosamorada, hoy Nayarit, dirigió una carta al obispo Diego Aranda y Carpinteiro, en la que describía el comportamiento de una parte de la feligresía del lugar, que entraba en desorden en las fiestas:

Al acabarse los divinos oficios en mi Parroquia en el sábado de gloria encuentro que en la plaza y frente de la misma iglesia se hallan dos fandangos, una mesa de juego y hombres que a pie y a caballo andan gritando como furiosos en consecuencia del vino que beben y que aquello es ya un desorden muy lamentable: sé que esto es en todos los años en los días solemnísimos de la resurrección del Señor y solo que ya sabemos cuantos crímenes y excesos se cometen en estas diversiones, que generalmente se llaman por estos puntos mariachis.

Ya para esa época el mariachi, en su acepción de baile público y de conjunto de músicos, era popular en el occidente y sur de México​ en entornos esencialmente rurales con algunas incursiones en ciudades de mayor tamaño como Tepic o Guadalajara.​ Testimonios posteriores a finales del siglo XIX​ mencionan grupos musicales presentes en festividades populares bajo la apelación de mariachi o mariaches. Hacia 1901 el gobierno de Michoacán, dada la asociación del mariachi al desorden por el consumo de alcohol y a la ocurrencia de riñas, determinó la prohibición de bailes «que denominan mariaches, y en otros lugares fandangos.​ Es en esta época cuando agrupaciones de mariachi acuden a distintas celebraciones oficiales, entre ellas, la que ofreció Porfirio Díaz a Elihu Root, secretario de estado de los Estados Unidos, y en el que actuó un grupo que fue traído expresamente para la ocasión desde Jalisco, y que tocó sones y jarabes «y dos charros y dos tapatías estuvieron bailando al compás de las arpas y de los violines».​ Incluso en 1919 la bailarina Anna Pavlova presentó en México una interpretación propia del jarabe jalisciense, que en décadas posteriores se convertiría en la influencia para bailables escolares.​ El primer registro discográfico de un mariachi fue el del ensamble de Concepción «Concho» Andrade y Pablo Becerra, hecha en Chicago en 1903.​ En estas décadas, el gusto popular por el mariachi se incrementa frente a otros ritmos foráneos en boga en sectores sociales de clase alta, como los valses y las polkas.

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